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Historias de un melómano: de infantes a pubertos

26 Jul

Por Frank Ramírez

MGMT

 

Hace algunas semanas me encontraba charlando con algunos amigos acerca de las viejas costumbres que solíamos tener durante los años de secundaria, todo era risa y alegría hasta el momento en el que, en un intento por señalar con precisión la fecha en la que ocurrió una de nuestras grandes vivencias, me pude percatar de que ya habían pasado más de 10 años y, casi de inmediato, el terror se apoderó de mí.

¡¿Diez años?! ¿En qué momento dejé de ser ese inocente infante que dejaba la vida en cada lanzamiento de tazo? ¿Cuándo me convertí en un adulto con cuentas por pagar y compromisos qué atender? Esa noche en que me percaté de la década que pasó casi casi como un ninja sigiloso que huye sin hacer ruido alguno, caí en cuenta de cómo es que se percibe de maneras distintas esa etapa llamada “infancia” y que he experimentado en un par de ocasiones pero desde perspectivas distintas. Nunca me he caracterizado por ser todo un Chabelo que goza con las ocurrencias y desmanes de los cuates de provincia, por lo que casi siempre procuro sacarle la vuelta a cualquier escenario que involucre el trato prolongado con niños. Sin embargo, el último niño con el que tuve un trato relativamente cercano y constante fue la hermanita de una de mis mejores amigas, una niña de escasos 5 años con una malicia singular que, bajita la mano, se fue robando mi atención y logró hacer que ese raro sentimiento llamado “instinto paternal” floreciera en mí.

Durante esos años, yo solía ser aún un bachiller promedio que, ante cualquier oportunidad, buscaba matar el tiempo libre saliendo con mis amigas, por lo que seguido solía visitar aquella casa de portón dorado que estaba resguardada por una simpática figura de porcelana de tamaño real de un cachorro labrador para, en algunas ocasiones, ir por un helado o simplemente jugar baraja mientras tomábamos de manera clandestina alguna botella de vino de la alacena de sus padres, al tiempo que yo solía musicalizar esas tardes de convivencia, a veces al ritmo de Vampire Weekend y Franz Ferdinand, otras veces con The Black Keys o Queens Of The Stone Age y, en contadas veces, al ritmo de los Flaming Lips y MGMT; Lo irónico del asunto es que a pesar de que no solía poner tan seguido a esos últimos, terminaron siendo los que, cada vez que escucho, me hacen recordar esas tardes en casa de Miriam.

MGMT

“Kids” resonaba a todo volumen en el enorme estéreo negro que tenía Miriam en casa de sus padres, mientras que Lib, su hermana, se las ingeniaba para hacer que el mundo entero hiciera lo que ella quería sin tener que pedirlo descaradamente. Desde ser bajada de las inmensas y largas escaleras de su casa en brazos hasta obtener una cantidad absurda de dulces para una niña de su edad, la pequeña Lib hacía lo que le venía en gana y sin remordimiento alguno, de una manera tan carismática que solo me hacía pensar una y otra vez en esa frase que MGMT reza en el estribillo de “Kids”: “Enjoy yourself, take only what you need from me”… y ahí estaba, disfrutando del mundo y obteniendo lo que deseaba de él sin mayor complicación, esa complicación que siempre llega sucedida por los años y toda esa presión social que repentinamente aparece y nos hace sentir culpables por pedir las cosas que se quieren de manera directa por temor a que se nos tache de seres egoístas.

Hace unos meses volví a ver a esa niña pero ahora convertida en una preadolescente, una chica en plena pubertad y los flashbacks a esos ayeres en los que compartíamos asiento para jugar póker simulando ser un equipo de dos me llegaron de golpe. Intenté reconocer esa mirada maliciosa y burlona que hace unos ayeres hacían que mi aversión a convivir con niños desapareciera y que, en su lugar, me incitaban a regresar un poco a mi infancia, a darle oportunidad a mi niño interior de que saliera a jugar con una niña de su edad pero no encontré más que la mirada de una mujer totalmente cambiada, solo encontraba pequeños ecos de lo que alguna vez fue y comprendí lo efímera que puede ser la infancia y la felicidad que esta trae consigo, esa felicidad genuina que solo la inocencia pura puede brindar.

Ha pasado bastante tiempo desde que MGMT dejó de hacer música que valga la pena, sin embargo el legado que ha dejado “Kids” en mi vida ha sido enorme. Posiblemente los recuerdos de Lib acerca de esas tardes de su infancia sean imágenes borrosas de un pasado lejano para ella, pero para mí siempre serán un bonito recordatorio de que la infancia, ajena o propia, es una etapa que siempre encierra grandes lecciones de vida como el no mortificarse por lo que venga mañana y siempre ir por lo que se desea y anhela en el momento sin temor a fracasar, algo que irónicamente olvidamos al crecer y que, en muchos de los casos, podría evitarnos tantos problemas absurdos.

Oh, bendita e incomprendida infancia…



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