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Historias de un melómano: The Cure

11 May

Por Frank Ramírez

Existen muchas cosas que me remiten a mis tiempos dorados de infancia: las tardes de domingo cuando iba con mi papá al Sanborns, los esquites de la zona centro de León, todo lo relacionado con las Tortugas Ninja y los Thundercats y, sobre todo, aquel viejo estéreo Fisher que mis padres tenían en casa. Era un viejo estéreo negro con un tornamesa en el que, en pleno apogeo del cassette, mis padres solían poner sus viejos viniles de Los Tres Ases y Los Ángeles Negros, aunque en vista de mi curiosidad por saber cómo funcionaban esos objetos negros, mis padres por lo regular optaban por poner la radio para amenizar sus labores.

Era la década de los 90, el pop en español comenzaba a ser dominado por cantantes españoles e italianos y la ira y la angustia del rock de ese entonces carcomía insaciablemente todo aquello que destilara siquiera un poco de optimismo y alegría, sin embargo mis padres (como ya lo he relatado anteriormente) siempre han sido amantes fervientes de los 80, por lo que, contrario al resto de mis amigos y contemporáneos de ese entonces, yo era un niño totalmente inmerso en la música vieja. De entre todas esas canciones que musicalizaron mi infancia, sobresale notablemente un tema que hasta la fecha sigue siendo especial para mí: “Just Like Heaven”.

De alguna manera inexplicable, la melodía de “Just Like Heaven” siempre me ha remitido a momentos felices de mi infancia. Escucho ese teclado resonar y de inmediato se agolpan recuerdos de todas esas tardes en las que solía pedalear a toda velocidad ese viejo triciclo azul por toda la casa, todas esas veces que miraba por ese enorme ventanal el continuo ir y venir de la gente, incluso puedo sentir el áspero asfalto debajo de mis rodillas cada vez que jugaba con otros niños en la primaria. Eran los 90 y “Just Like Heaven” era mi himno a la alegría, algo que considero irónico si tomamos en cuenta esa imagen oscura de hombre triste y atormentado que Robert Smith se ha empeñado en forjar durante toda su carrera pero que es solo eso: una imagen que se ha creado y que no le ha significado obstáculo alguno para de vez en cuando andar por el lado soleado de la calle y permitirse escribir acerca de cosas alegres, memorias de juventud o, en este caso en particular, acerca de la inocencia que encierra la infancia como tal.

Lo anterior me hace pensar acerca de nuestros viejos sueños, las alegrías infantiles, esa inocencia e ingenuidad que teníamos y que, a causa de la edad y lo cruel y dura que puede ser la vida con nosotros, vamos dejando abandonadas en algún rincón oscuro de nuestro subconsciente hasta el punto en el que prácticamente negamos que alguna vez fuimos seres nobles y luminosos que eran incapaces de sentir miedo o angustia y que solo se dedicaban a disfrutar el momento, lo que había en ese instante y que se sentía justamente como el cielo.

No niego que la incertidumbre de no saber qué vendrá en el futuro me sigue invadiendo, pero lo que es un hecho es que cada vez que suena “Just Like Heaven”, termino por darme cuenta de que aquellos tiempos que parecían turbulentos terminaron convirtiéndose en anécdotas chuscas que solo a través de la perspectiva que puede brindar el paso del tiempo he sido capaz de disfrutar y que, honestamente, hubiera preferido poder gozar plenamente en vez de aferrarme a ese tonto sentimiento de angustia y pesimismo en el que estaba inmerso en ese entonces.

Digo, si Robert Smith es capaz de hacerlo, de colgar por un instante las ropas negras y el maquillaje para ser un hombre feliz y despreocupado por un instante, ¿por qué demonios no podría hacerlo yo? Hacer de cada momento que viva, un pedazo de cielo en la tierra.

Después de todo, si no es aquí y ahora, ¿entonces cuándo?

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