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Historias de un melómano: Lithium

29 Sep

Por Frank Ramírez

Existe un viejo refrán que reza “la pérdida de unos es el hallazgo de otros”; Un viejo refrán que comprendí hace algunos años de una manera poco usual pero que, al mismo tiempo, me sirvió para encontrar nuevos horizontes musicales que por mí solo nunca hubiera explorado.

Todo aquel que se jacte de ser amante de la música estará de acuerdo conmigo al decir que lo peor que puede sucederte es perder uno o varios discos a media calle.

Honestamente nunca he pasado por esa situación pero cuando lo analizo con calma, creo que lo único que me gustaría sería que esos discos que solían ser míos, al menos puedan llegar a un lugar en el que sean apreciados en verdad (siendo sincero, no me gustaría saber que esos discos fueron usados como platillos voladores que no lograron aterrizar de buena manera) y que, gracias a ellos, alguien se pudo acercar a música que de ninguna otra manera hubiera podido conocer, tal y como sucedió conmigo.

Cómo olvidar esa mañana en la que Nancy encontró aquella carpeta de discos tirada a media calle; Era una carpeta negra con verde que apenas y tenía espacio para 12 discos y que estaba notablemente desgastada al igual que varios discos que se encontraban en ella. Su primer pensamiento fue mostrarme su hallazgo en cuanto llegara a la secundaria, una decisión aparentemente tomada debido a que en ese entonces el de los gustos poco comunes en la clase era yo y que, francamente, esa docena de discos ni por asomo serían de su agrado. Por ese entonces yo gozaba de cierta mala reputación en mi grupo,

frecuentemente tenía problemas de disciplina, al grado de ser suspendido una que otra vez, además de mostrarme como una persona apática y antisocial en muchos aspectos por lo que mis amistades eran pocas pero por alguna extraña razón, Nancy intentaba ser agradable conmigo al dejarme llevar esa carpeta de discos a casa aquella tarde.

Uno por uno, fui escuchando el contenido de esa carpeta huérfana de dueño, algunas cosas eran horrendas y otras tantas eran incomprensibles para mí, sin embargo el último disco de esa carpeta me deparaba una sorpresa. Era un disco blanco que estaba marcado con uno de esos toscos marcadores de punta gruesa que son usados en cartulinas y que estaba acompañado por una especie de portada en la que estaba detallado el contenido de ese disco. ¿Cómo olvidar esos primeros acordes que arrojó ese disco a través de los altavoces de mi viejo mini componente? Eran sonidos graves provenientes de una guitarra acústica que se entrecortaban de manera encantadora hasta que una voz adolorida hizo acto de presencia para expresar el sentimiento que en ese preciso momento me invadió:

“I’m so happy, ‘cause today I found my friends…”.

“Lithium” fue en ese momento la voz que hablaba por mí y que expresaba gran parte de todo eso que con palabras no sabía cómo decir en ese entonces. Como lo dije previamente, yo no era precisamente el sujeto más sociable del mundo, pero las pocas amistades que tenía eran personas que, al igual que yo, eran marginados de la sociedad, sujetos a los que la mayoría de las personas les sacaban la vuelta por considerarlos “raros”, “locos”, en pocas palabras eran los “outsiders”.

Nunca me he distinguido por ser una persona con una enorme y bien lograda vida social, debido en mayor parte a que me resulta complicado encontrar temas o gustos en común con la gente con la que convivo regularmente; los temas de moda me aburren, la música popular carece de significado para mí y el fútbol mexicano me parece indiferente, por lo que las posibilidades de entablar un diálogo ameno con la mayoría de la gente se ven notablemente reducidas para mí, pero de vez en cuando he tenido la fortuna de encontrarme con personas que, por azares del destino, padecen la misma marginación, personas que hablan de las mismas cosas raras que me gustan o que escuchan la música que ni de chiste se escucharía en la radio juvenil y los charts que la mayoría de nuestros contemporáneos escuchan y esos hallazgos siempre me han hecho feliz.

“Lithium” siempre ha sido un fino recordatorio de lo afortunado que ha sido para mí el haber encontrado en medio de la multitud a seres humanos que con el paso del tiempo se convirtieron en mis amigos, incluso en mis hermanos; Hermanos que me ayudaron a dejar de ver esta marginación social como una maldición y que hicieron de ese rincón solitario en el que vivía, un lugar cálido al que supe apreciar con el paso del tiempo gracias a su compañía.

¿Somos raros? Sí, vaya que lo somos pero nunca hemos sido personas que se conformen con lo que la sociedad llama “normal”, somos personas feas con gustos inusuales, somos las personas incómodas para la sociedad, somos personas que compartimos mucho más que el gusto por Bauhaus, The Velvet Underground y Jan Svankmajer. Somos, en pocas palabras, cómplices de nuestras locuras y por todo eso y más, siempre estaré feliz de haberlos encontrado, al igual que esa vieja carpeta verde que nunca regresó a su dueño original y que terminó inaugurando una inusual amistad con Nancy.



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