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Bahidorá 2019: Lo bueno, lo malo y lo feo en su séptima edición

18 Feb

¿Qué hace de un festival una experiencia memorable?: ¿Es la ejecución de los artistas?, ¿La capacidad en la coordinación entre comodidad, seguridad y las facilidades del entorno?, ¿El conocer a nuevas personas, amistades y propuestas musicales?, y si alguno de estos conceptos nos falla o queda a deber de una u otra manera, ¿se considera como un fracaso el cometido como tal? Bahidorá se ha caracterizado por reunir un ámbito en el que la primicia ideológica de los organizadores es transportarnos a un contexto exótico conjuntado con una selección musical que simpatiza con cualquiera ensimismado en complementar tendencias y géneros que salen desde lo conocido hasta lo más recóndito del mundo. La principal característica del festival es la esencia que personifica en su celebración de la libertad, al desapego de la vida banal y monótona por unas cuantas horas, desplazándose en una distancia que glorifica la experiencia en sí, todo con el incentivo de conjuntar el sol y la naturaleza con música que justifican los kilómetros recorridos. En esta su séptima edición, Bahidorá se conformó en algo más extenso y producido: con puestos de venta que recorrían de un extremo a otro, con mayores y renovados escenarios, con un público más diversificado y una oferta cultural que iba desde la meditación hasta las instalaciones de arte. La consecución lógica a esto conllevaría a una mejor planeación en cuanto a organización y dispositivos de seguridad, pero desafortunadamente fue todo lo contrario: 1) Entre el escenario Sonorama y Bunker –los dos principales y –lógicamente- más grandes- había solo una sección de baños, en el cual se hacían interminables filas que consumían tiempo determinante para ver al artista en turno. Ir al baño equivalía a perder mínimo entre 10 y 15 minutos formado -específicamente para las mujeres-. 2) Para recargar dinero en tu pulsera y consecutivamente recoger alcohol en la siguiente barra, tenías que recorrer una distancia que, aunque no era lejana, lo normal y lógico hubiera estado en que se encontraran uno junto a otro. 3) La incapacidad y falta de comunicación en los encargados de los accesos de acreditaciones y prensa para resolver asuntos que se convirtieron en problema para ingresar al lugar.

Pero por fortuna no todo fue blanco o negro, sino que el lado positivo del festival sustrajo todo aquello que pudo haber causado incomodidad o molestia en más de uno. Hace ya rato que no se escuchaba un audio tan impecable como el que se dio el sábado en el escenario principal. Cada uno de los actos brilló por el gran trabajo de los ingenieros de audio, quienes jamás saturaron ni fallaron en los distintos motivos de los artistas. La pulcritud y perfeccionamiento en ello, hicieron que actos como Nightmares On Wax destacaran por su atención a los detalles y a las transiciones melódicas que nos recuerdan el por qué de su influencia en Warp y en la década de los noventa; a Blood Orange por su dominio sobre el escenario, por su incitante gusto sobre el eclecticismo de géneros y por lo imprescindible de su voz junto a coristas femeninas, todo esto a pesar de verse desfavorecido por el horario que los curadores eligieron para su presentación; a Roosevelt, quienes demostraron que un pop regular es capaz de prender al público en un horario donde muchos pedíamos bailar; a Mr. Fingers, que a pesar de no haber sido extraordinario, proyectó con oficio aquello que lo ha mantenido como una de las máximas figuras del house por más de 30 años; y a The Field por llevarse la noche, el festival y lo que va del año, cerrando con maestría el escenario y demostrando el por qué con menos es más. Su capacidad de ejecución, la ambientación que generó en la pista y sus repeticiones etéreas e hipnotizantes, solo confirman que no hay nadie mejor que Axel Willner produciendo techno hoy en día.

Una experiencia -satisfactoria o no-, va a concluir interponiendo la comparación a momentos pasados –y en el sentido que nos corresponde, a ediciones anteriores del festival-. Bahidorá es garantía de momentos que constatan de una superioridad a otros festivales que han tratado de equipararlo -fallando en el intento-. Los pormenores que justifican su autoridad estética confirman que el carnaval es mucho más que solo un nombre en cuanto a festivales se refiere. Si uno compara eventos internacionales con Bahidorá, entrará en razón de la indispensabilidad de asistir al menos una ocasión: sus sabores, colores, su gente, sus actividades, su impecable curaduría musical, etc. Aunque esta no ha sido su mejor edición, no podemos hablar de un fracaso como tal, sino que de ahora en adelante la organización y seguridad tendrán que estipular un giro por completo para seguir dándole a su público la confianza mutua que han establecido con creces en sus siete años de vida. A mí no me toca justificar los pros y los contras del festival, sino simplemente enfatizar los puntos que determinan la diferenciación a ediciones pasadas, recalando en los avances que han edificado con el pasar de los años. Esperemos que en su próxima edición el concepto se establezca más hacia la seguridad de sus asistentes y que no se vea manchado por las fallas que desnudaron una falta de organización al verse invadidos por más y nuevos asistentes. Nos tocará esperar.

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