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Reseña + Fotos: La décima edición del festival Corona Capital

21 Nov

Aunque la lógica indicaría que un festival de la magnitud y relevancia en nuestro país como lo es el afamado Corona Capital tendría los argumentos necesarios para mejorar año con año -desde su sentido de curaduría hasta los requisitos necesarios para una organización de primer nivel en base a su constante crecimiento de asistentes-, en su capítulo 10 quedó de manifiesto que la sobreventa de boletaje es una realidad y que, por ende, la experiencia de poder disfrutar cada una de las ofertas de entretenimiento que se nos ofrece, quedó preponderantemente disminuida.

En base a estos infortunios, la planeación previa de un itinerario con sus respectivos horarios para cada presentación, concluye en decisiones que cambian de último minuto gracias al irreparable atraso que causaron circunstancias como la cantidad de gente que se conglomeraba en cada espacio que trasladaba a los escenarios principales, todo esto gracias al peor sistema de requisitos para poder comprar cualquier alimento, bebida y merch dentro del festival: el sistema de pago cashless.

No se trata aquí de satanizar a un sistema que popularmente se define a sí como una forma de pago eficaz, rápida y sencilla de comprar todo, sino que cuando la escasez de puntos de venta hacen que una fila se prolongue por más de una hora y contradigan por absoluto lo que presumen, el tiempo de los asistentes se vea perjudicado en algo que en un principio no se tenía estipulado.

Por ello -en especial, el día sábado-, muchas de las bandas que teníamos planeadas ver para hacer una cobertura más redonda para todos aquellos que se toman el tiempo y espacio para leer una reseña, no sucedió.

Pero a pesar de esto, lo que tuvimos oportunidad de ver en ambos días dulcificó un poco la amargura. Todo comenzó con la banda escocesa Travis, quienes en un set lleno de nostalgia con éxitos de un admirado pasado, el público se empecinó en corear al unísono cada una de las canciones que fueron interpretadas con una impecable ejecución. La noche del sábado ya se había hecho presente, y en el apartado escenario Levi’s, los Dirty Projectors dieron lo que será mejor recordado por los -aproximadamente- 300 expectadores que se dieron cita a la presentación de una agrupación que demostró el por qué son uno de los proyectos más intrigantes en el ámbito del pop experimental. La carencia de un público agitado y la perfecta sincronía en cada uno de sus músicos, convirtieron los 60 minutos de duración en el momento más íntimo y singular de todo el festival. Por último, el sábado concluyó con unos Strokes que confirmaron y demostraron -una vez más-, que siguen juntos por intereses única y exclusivamente monetarios, donde todo el frenesí musical que alguna vez tuvieron, ha quedado claramente en el pasado.

El domingo, una programación con la misma amplia convocatoria que el día anterior nos esperaba. Nuestra tarde comenzó con el excelente colectivo canadiense Broken Social Scene, quienes en el transcurso de 11 canciones cumplieron con las expectativas desembocando en capas de feroces guitarras con una confluencia de emociones alternadas entre la voz de Emily Haines y Kevin Drew. No fue necesario moverse del mismo escenario para esperar la llegada de The Raconteurs, donde fue evidente por las reacciones del público (incluyéndonos) la manera en la que destaca Jack White en el escenario, quien es indudablemente un frontman por naturaleza. Solo fue posible escuchar a lo lejos las primeras canciones de Bloc Party para después trasladarnos a lo que sería una agradable sorpresa causada por la voz impecable del vocalista de Keane, un grupo que cuenta con muchos hits dispersos entre sus álbumes, pero que quizás no figura tanto como Coldplay o U2, incluso aunque su producción esté a la talla de estos. Y aunque probablemente en Keane fue donde escuchamos más fuerte a la gente corear las canciones, Interpol no se quedó atrás. Los consentidos del público mexicano siempre hacen notar lo mucho que disfrutan de tocar aquí, al unísono de visuales con lásers desdoblándose entre sí, pudimos apreciar cómo destacan los bajeos entrelazados con la voz única de Paul Banks. Entre un encore que no terminaba ni perdía fuerza, la ola del público desembocó por el regreso inevitable de Interpol a los escenarios, todo para tocar unas últimas 3 canciones que para nosotros marcaron el fin del festival.

La experiencia de poder ver a un artista que amamos resulta en una emoción única que causa expectativas previas en cada uno de nosotros. Es labor de los organizadores del festival prevenir que se cumplan tales expectativas para modificar y mejorar la experiencia, en este caso, el pobre flujo ocasionado por la mala distribución de los espacios en relación a la cantidad de gente que asistió. Al final, la conclusión y el objetivo colectivo debería ser apreciar lo mucho que la música nos une.

Texto por: Diego Orozco y Alejandra Laveaga

Fotos por: Eduardo Lujano para Ibero 90.9

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