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Bahidorá 2018 – Reseña + Fotos

21 Feb

Por Carlos Shue

¿Cuántas veces no nos hemos preguntado cuál es el “mejor” festival de México? Por supuesto, cada una de las respuestas es decantada de la experiencia personal, lo que da pie a un debate que, además de arrojar opiniones traducidas como simples tuits o comentarios de borrachera, deberían replantear cómo estamos produciendo y consumiendo la –vasta– oferta de música en vivo del país.

Pero ¿qué es lo “mejor”? Si pensamos en el cartel, el Carnaval de Bahidorá siempre ha traído a la mesa un amplio y diverso abanico de actos, que se contonean entre el R&B, el hip-hop, los ritmos latinos y tropicales, la electrónica entre el techno, el house y el deep-house, y un sinfín de estilos que, aunque parezca que son muy distintos, están unidos por una refinada pero clara línea que año con año se vuelve más sólida: Bahidorá no es un festival sino un carnaval, una celebración y un homenaje al espíritu de la música y a los creadores que lo proyectan. Es por eso que, de inicio, compararlo con festivales como Nrmal, Ceremonia e incluso el Corona Capital, no tiene razón de ser.

Partiendo de que el Carnaval de Bahidorá representa esa experiencia (que irónicamente muchas marcas masivas buscan emular, de manera fallida) y que se perfila como un “estado-expresión artística del ser y su relación con la naturaleza” (más que un conglomerado de escenarios y públicos), puedo declarar que es un momento en el tiempo digno de ser vivido, compartido y atesorado.

Sin embargo, en un espacio y en un instante en el que coinciden tantas y tan distintas visiones / experiencias personales, lograr una atmósfera en la que todos transmitan y reciban por igual ese espíritu de celebración, se vuelve complicado. En pocas palabras, la intención del carnaval es demasiado buena, pero no así la percepción ni el comportamiento de –mucho de– su público. Aunque tampoco se les puede culpar: cada uno decide cómo experimenta lo que adquiere y consume; el problema es cuando esa experiencia subjetiva afecta la de los demás, cosa que debería (pre)ocuparnos. ¿Cómo? No dando sermones con aires de superioridad melómana, sino compartiendo justamente esos conocimientos que provoquen un interés genuino entre los despistados y desinteresados. Si queremos experimentar la música en vivo de la mejor manera, no es 100% responsabilidad de los medios ni de los organizadores, sino de nosotros mismos, la de cobrar consciencia personal y colectiva, y educar(nos) como público.

Aunque solo había asistido a una de las cinco ediciones previas, esta sexta edición del Carnaval de Bahidorá se sintió más cohesiva, con mejor narrativa e incluso con una curiosa simbiosis entre escenarios, bandas y actitudes. Mi experiencia comenzó con el californiano Kiefer; había escuchado un par de tracks previamente, así que parecía una gran opción para el sol del mediodía. Él se ha venido construyendo un nombre en Soundcloud gracias a sus refinadas melodías en piano con tintes jazzeros, sumadas a pegadizos beats de R&B y soul, que logró transmitir con mucha pasión en su presentación, a pesar de los problemas técnicos que aquejaron a su laptop en dos ocasiones en las que tuvo que detenerse.
Sobre el mismo e infame escenario (infame porque era estéticamente grosero y conceptualmente mal logrado), le siguió ÌFÉ, el ensamble liderado por Otura Mun, un sacerdote Yoruba puertorriqueño de raíces africanas que vio en la música la oportunidad de llevar a todos los rincones del mundo las enseñanzas y el espíritu de su religión; fue justamente eso de lo que nos hicieron partícipes: un ritual transformador que estableció la conexión entre el inframundo, la Tierra y el cielo, en una calurosa sesión de ritmo y baile. Con actos como este, se refuerza la idea del carnaval como una experiencia espiritual que no todos logran comprender.

Mientras que en el escenario principal, Chancha Via Circuito y Sidestepper creaban atmósferas trascendentales desde sus muy particulares estilos (el primero aportando los sonidos tradicionales de América del Sur, y los segundos, dando cátedra de la fusión de ritmos europeos y latinos), en el Asoleadero –ese peculiar espacio dentro del carnaval en el que pareciera regla andar con el torso desnudo–, otro frente sureño hacía bailar sin tapujos: el boliviano Sonido Martines con un set que no pudo estar más ad hoc, y la ecuatoriana Riobamba, que elevó los decibeles con trap y reguetón.

Dejarse acariciar por los últimos rayos de sol, sintiendo el césped, mientras Ariel Pink y su banda hacían desmanes frente a mí, fue algo que no veía venir. Y aunque no fui particularmente fan de su presentación, el poder que tienen para cautivar a propios y extraños es digno de admirarse y celebrarse. Después de ellos, los ánimos fueron in cresciendo.

Sin temor a equivocarme, el bloque compuesto por Mount Kimbie, Kamasi Washington, Shigeto y HVOB, con Romare y Axel Boman como complementos, fue el que se llevó el carnaval, y lo que sigo aplaudiendo hasta ahora:

Mount Kimbie es de esas pocas bandas cuya música muta en relación a cómo se le escucha: si oirla directo desde los audífonos o desde un buen sistema de audio es extático, verlos y oirlos en el instante preciso en el que están construyendo esas avalanchas melódicas, se convierte en un viaje sensorial inducido por nada más que el poder creativo. Les siguió Kamasi Washington y su banda, que en conjunto son una fuerza sobrenatural que tiene que ser experimentada al menos una vez en la vida; el jazz, su jazz, no es algo que deba escucharse a conciencia, es un torbellino al que debemos lanzarnos ciegamente, al que debemos abrazar con el alma desnuda.

A unos pasos de allí, entre un conjunto de árboles que fungieron como una guarida natural para los estridentes beats que emanaba el escenario Bunker, Romare nos dejó entrever sus aproximaciones a la cultura africana, o como a él le gusta llamar a sus producciones: ensayos musicales, con un set repleto de sampleos alucinantes de la más pura electrónica; que dieron paso a mayores niveles de intensidad durante el exquisito set de tech-house de mano de Axel Boman, quien convirtió a ese espacio del carnaval en una rave en donde los movimientos corporales se sincronizaron con el deslumbrante set de luces multicolor y estrobos.

De regreso al escenario principal, Sonorama, una nave alienígena se posó sobre el escenario, abrió su compuerta y de entre el humo apareció la figura de Shigeto (al menos así es como me gustaría que hubiese salido, en realidad cuando llegué, ya estaba allí); una serie de fenomenales esferas de colores brillantes se paseaban entre las pantallas, mientras el productor se turnaba entre el sampler, los synths y la batería, precisamente como uno de esos extraterrestres cefalópodos que todo lo puede. Shigeto significa “crecer más grande”, y es así como está compuesto su set, de menos a más, de las texturas sónicas más nítidas hasta el estruendo imparable de los platillos al ser golpeados; la capacidad que el productor tiene para no solo plantear sino, de hecho, crear el sonido de mundos, sistemas solares, galaxias enteras con sus manos, es inigualable.

Cuando creímos que ya lo habíamos escuchado y visto todo por esa noche, la sombría y seductora presencia de Anna Müller y compañía (HVOB) nos poseyó, en lo que fue uno de los mejores ‘cierres’ que haya presenciado. A ellos ya los había visto, y por lo mismo estuve a punto de perdérmelos, pero lo que nos dieron en Bahidorá fue algo para recordar por siempre. ¿Recuerdan la sensación de cuando estás en el mar un buen rato, sales y sigues sintiendo el oleaje en tu cuerpo? Esa es la sensación que me causaron. Son presentaciones tan sublimes como la suya las que me hacen creer que no se necesitan drogas para experimentar la música, pues esta es la droga per se. Y así, un mar de gente se acercó hasta el escenario principal para ser testigos de esa liberación de éxtasis y unirse, sentirse uno.

El baile, la pasión sobre los escenarios, las risas, los cuerpos entre la naturaleza, el sol entre las hojas de los árboles, el viento jugando con las cabelleras… Del Carnaval de Bahidorá me quedo con todo eso, pero sobre todo con la idea de una nueva era, una en la que el impulso creativo y su expresión a través del cuerpo y de la mente son la representación más pura de nuestra humanidad. El llamado cumplió su objetivo.

Fotodocumentación por @latin.papi 

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